¡Buenos días! Ya han pasado un par de semanas desde el VII Torneo Leyendas en Miniatura y tenemos por delante mucho por compartir, para lo que vamos a necesitar unos pocos meses. Las listas y fotos bien merecen su tiempo, pero es que además hay alguna que otra joya de trasfondo, y por eso vamos a empezar con las publicaciones con el ganador de este año de Mejor Trasfondo, Aika, que nos pone en la piel de la agradable carrera militar en las tropas estatales...
La bruma matinal ocultaba la linde del
bosque a lo lejos, dándole un aspecto más fantasmal si cabe. Horribles aullidos
llegaban desde las profundidades, haciendo que los hombres se agitaran
nerviosos entre las filas. En este momento Wilhelm, alias Raspa, se alegró de
no estar entre las filas de la milicia en la que fueron reclutados su compañero
Remolacha y él semanas antes.
Partieron de Middenheim por el viejo
camino del bosque hacia Schoppendorf. La vieja localidad estaba sufriendo desde
hacía tiempo ataques por parte de los hombres bestia, cada vez más audaces y
feroces. El contingente partió hacia el suroeste de Schoppendorf, guiados por
leñadores y tramperos hartos del constante hostigamiento de las bestias del
caos. Durante la marcha, los herreruelos y batidores no eran capaces de detener
los continuos ataques que sufría la retaguardia, y en uno de ellos casi la
totalidad de la dotación del único cañón fue masacrada. Al ataque sólo
sobrevivió el sargento Otto Löwenstein (pronto Remolacha y Raspa descubrirían
por qué todo el mundo le llamaba sargento Caricias). El capitán von
Kriegerstern le asignó a dos disciplinados hombres para que sustituyeran a la
dotación perdida y fueran instruidos como artilleros, pero como respuesta
Caricias emitió un gruñido ininteligible y agarró del pescuezo a los dos
primeros desgraciados que logró atisbar con su ojo bueno. El capitán no quiso
discutir con esa mula bípeda, coja y tuerta, y se limitó a girarse sobre su
caballo y volver a vanguardia.
Los siguientes
días fueron extenuantes para Remolacha y Raspa. Al terminar las largas horas de
marcha debían aprender a disparar el cañón. El sargento Caricias no destacaba
por sus dotes pedagógicas, y las clases magistrales consistían en una serie de
simulacros en los que los dos pobres reclutas trataban de seguir el ritmo de
las órdenes mientras trataban de averiguar qué era lo que se les pedía. Todo esto
aderezado con una cantidad ingente de elocuentes insultos, mientras el sargento
cojeaba y gritaba a su alrededor.
- -¡Remolacha,
pedazo de mierda humeante, hace siglos que deberías haber cogido el atacador, desgarracalzas!
¡Voy a poneros a tirar del cañón y pondré a las mulas a cargar el cañón; seguro
que lo hacen mejor, mamertos! ¡Santa Madre de Sigmar redivivo, no creía que
fuera posible, pero sois más necios que desagradables a la vista! ¡Como alguien
vuelva a coger el botafuego, le meto el cepillo tan adentro en el culo que se
le tiznarán las amígdalas!
Raspa no sabía qué era una amígdala,
pero viendo la longitud del cepillo no tenía pinta de que la propuesta de
Caricias le fuera a interesar. Cada vez que cometían un error el sargento les
decía “¡Estáis muertos!, ¡Estáis muertos!”. Al final del día escuchaban tantas
veces “¡Estáis muertos!”, que Raspa y Remolacha desearían estar muertos.
Pero en este
momento, con las hordas de bestias tan cerca, la seguridad que proporcionaba la
distancia hacía que hubieran merecido la pena las vejaciones e insultos
padecidos en los últimos días. Además, en el primer disparo que hicieron al Gigante
del Caos que se acercaba desde la lejanía descubrieron que el sargento Caricias
disparaba tan bien como vejaba a sus subordinados. El gigante hubiera estado de
acuerdo con ello, si todavía tuviese cabeza para poder decir algo. La bala
disparada por el cañón se la atravesó dejando a Gors y Ungors de una manada
contigua embadurnados en sesos y sangre. Parece que eso fue demasiado para
ellos, que habían descubierto por las malas la importancia de mantener la
cabeza intacta, así que decidieron de forma tácita emprender la huida. Raspa y Remolacha
estaban impresionados.
- -¡Vaya!
¡Buen tiro, sargento! ¡Ha sido espectacular!
- -¡Callaos
inútiles, y a trabajar! ¡Esponja! ¡Refrescad la recámara! ¡Cartucho! ¡Atacador!
¡Bala rasa! ¡Taco! ¡Punzón!
- -¡Sí,
sargento! – corearon al unísono.
- -¡Inútiles!
En ese momento,
bajó de los cielos uno de los seres más horribles que los dioses del Caos hayan
desechado de entre sus proyectos más abyectos. Un aborto volador con cabeza y
extremidades de gallo, cola de serpiente, escamas, pelo y calvas por doquier, y
colores que sugerían haber sido escogidos por un dios bromista o daltónico.
Remolacha señaló
a la extraña ave y dio un gritillo ratonil.
- -¿Q-que
es eso sargento? ¡Se dirige hacia aquí!
- -¡Calla
y trabaja, mandilón, pechero! Es una Cocatriz, un escroto volador que nunca
debió salir de su guarida, y estaremos en problemas si no le abrimos un agujero
nuevo o dos.
Era imperativo
detener a ese demonio antes de que llegase a la colina que defendían. Una vez
cargado el cañón, el sargento Caricias apuntó con el arma a ese horrible ser y
activó la llave de disparo. Era un tiro imposible, pero el sargento no era
ningún pantierno y consiguió acertar al objetivo. Lamentablemente la bala solo
rasgó la correosa membrana de una de las alas de la bestia. La Cocatriz se posó
con dificultad en la retaguardia de la unidad de arcabuceros apostada en la
colina algo más abajo que el cañón. Con un grito que helaba la sangre, el
horrible ser hizo que varios de los arcabuceros cayesen al suelo rígidos como
una estatua. El resto de ellos huyeron presas del pánico. Raspa, Remolacha y
Caricias pudieron observar la escena de cerca. Demasiado cerca. Una horrible
sensación invadió a Raspa, y todo su ser le decía que saliese de ahí tan rápido
como pudiese. Sin embargo, cierto sentido del deber inculcado en estos últimos
días por el sargento Caricias hizo que se girase para preguntar:
- -¿Sargento,
qué hacem…?
No había
sargento. El sargento corría colina abajo como un conejo. Ni rastro de cojera
podía verse en la impecable carrera de su superior, que saltaba arbustos y
matas como el más ágil de los corzos. Remolacha fue el primero de los dos que
salió del estupor inicial.
- -¡Corre
Raspa, corre! ¡Corre, por tu madre!
El joven corrió detrás de su amigo
colina abajo, hacia el sargento Caricias, hacia el deshonor y hacia la vida.
Después de todo, el camino del honor es recto, angosto y lleno de sufrimiento,
y la vida ofrece múltiples oportunidades.
- Caudillo hombre bestia con Marca del Caos Absoluto, en Carro de Tuskgors, con escudo, Espada Berserker, Armadura de la Condenación y Cuerno de la Gran Cacería
- Beligor con Marca del Caos Absoluto, arma de mano adicional, Armadura del Caos, Corazón Oscuro y Cuernos
- Chamán del rebaño con Marca del Caos Absoluto, de nivel 2, con cayado de la manada y 2 Pergaminos de Dispersión
- Chamán del rebaño con Marca del Caos Absoluto, de nivel 2, con Bastón de Darkoth
- Carro de tuskgors
- Carro de tuskgors
- Manada de 7 gors con dos armas de mano y 9 ungors, con grupo de mando y Tótem Virulento
- Manada de 6 gors con dos armas de mano y 6 ungors, con músico y campeón
- Manada de 6 gors con dos armas de mano y 6 ungors, con músico y campeón
- 5 mastines del Caos
- 5 centigors con escudo, músico, portaestandarte y Estandarte de la Ira
- 6 furias
- Garragor
- Garragor
- Cocatriz
- Gigante del Caos con monstruosidad mutante


Gracias Legendari@s por valorar mi trasfondo! Me lo pasé muy bien escribiendolo, espero que lo disfrutéis leyéndolo. He de decir que es un trasfondo que modifique de uno que escribí para otro torneo. El organizador no los compartió y me daba pena que la gente no pudiese leerlo, así que cambié unas cosas y adelante. Prometo más aventuras de nuestros artilleros favoritos.
ResponderEliminarAbrazos!
Pedazo de relato, sí señor!
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