¡Buenos días al calorcito! Como ya hicimos la semana pasada a estas alturas, toca disfrutar de otro trozo de trasfondo del evento de Puertos del Viejo Mundo de inicios de año, esta vez para ver que trama el cabecilla del Clan Mors según nos cuenta Marcos.
I. Nace un arma
Queek cuando nació, nació entre chillidos, sangre y muchos dientes.
Donde la vida no merece ese nombre, en los pozos de cría del Clan Mors. Su camada era enorme, señalada desde el primer instante. Eran ratas grandes de pelaje negro como la noche bajo las montañas. Pero entre esa hostilidad uno devoró al resto antes de ver la luz del amanecer.
Cuando los criadores fueron a extraerlos, solo estaba él.
Gnawdwell, el Señor de la Guerra, lo observó en silencio. Ni vió a un líder, ni vio a un estratega, ni siquiera a un político. Vio algo más útil.
—Un arma.
Y lo tuvo claro, decidió afilarla el mismo.
II. El Señor de la Guerra que lideraba desde el frente
En el mundo skaven no se respeta la autoridad. Se respeta la violencia. Queek entendió de forma instintiva esto.
Mientras los otros Señores de la Descomposición conspiraban, Queek avanzaba. Mientras los Videntes Grises susurraban profecías o tenían visiones, Queek aplastaba cráneos enemigos. Cuando era desafiado por sus enemigos una sonrisa se abría en su rostro, sabía que otra cabeza rellenaría su colección.
En las cuevas cercanas a Peñasco Negro obtuvo la Degolladora de Enanos, que fue forjada para atravesar acero rúnico. Combatía como si una tormenta hubiese llegado, la maza giraba como un molinete. La espada serraba carne. Sus dientes apretaban en las gargantas enemigas.
Victoria tras victoria consolidaba su destino. Cada cabeza clavada en su espalda le daba el derecho de mandar. Cuando Karak Ocho Picos fue dominada por el imperio skaven, Queek fue su Señor.
III. Guerra bajo la montaña
La guerra que sostuvo bajo la montaña parecía no tener fin. Contra Belegar Martillohierro, que con sus enanos regresaban una y otra vez por honor. Contra Skarsnik, que con su astucia era tan molesto como persistente. Contra otros skaven traidores, orcos ambiciosos y cualquiera que reclamase el poder.
Queek no quería el orden, ni siquiera el equilibrio. Buscaba desafíos.
Los orcos le respetaban, los goblins le temían, los enanos le odiaban.
Entre las batallas, Queek hablaba con sus trofeos, escuchaba silencios, discutía sus estrategias con los cráneos vacíos, que para él no habían dejado de pensar.
IV. El cometa del cambio
De repente algo cambió. No bajo la tierra. Sino arriba.
Queek estaba en la caverna de mando de la Ciudad de los Pilares cuando llegó el cambio.
Las sombras proyectadas por las antorchas de disformidad sobre las columnas comenzaron a moverse alrededor del coleccionista de cráneos que permanecía inmóvil con la Degolladora de Enanos apoyada contra el suelo.
Ante él, temblaba un Vidente Gris recién llegado de Plagaskaven.
—Gran Queek, garra derecha de Gnawdwell —chilló—. Traigo‑traigo palabras del Consejo. El Cometa del Cambio se acerca. El Consejo ordena…
La maza se movió. No rápido. No con furia. Solo lo suficiente.
El cráneo del skaven que había osado incomodar al Señor de la Guerra reventó contra la columna. Aun convulsionando quedó tendido en el suelo. Queek lo observó esperando que volviese a hablar.
No lo hizo.
—El gris habla demasiado —dijo Queek con voz grave, casi ausente—. Habla‑habla. No lucha.
Ska Colacarmes, enorme incluso para un Guardia Escarlata, dio un paso al frente.
—¿Más mensajes, mi señor?
Queek alzó la mirada. Sus ojos rojizos brillaban con la luz verde de la disformidad.
—Queek es garra derecha —dijo—. Gnawdwell piensa‑piensa. Los grises susurran.
Queek mata.
Se agachó y arrancó la cabeza del vidente muerto. La observó entre sus garras, examinándola.
—Mala cabeza —gruñó—. Blanda. No rey. No barba‑cosa.
Arrojó el cráneo con desprecio.
—El cometa viene —continuó—. El cielo cambia. Los dioses caminan.
A Queek no le importa.
Ska inclinó la cabeza.
—¿Dónde marchamos?
Queek sonrió. No era una mueca salvaje, sino que era algo peor: certeza absoluta.
—Donde la lucha es espesa‑espesa —respondió—. Donde los reyes se esconden.
Queek tendrá más cabezas antes de que el mundo se muera.
Alzó la Degolladora de Enanos.
—Di a Gnawdwell: Queek sigue afilado.
Sigue matando. Sigue siendo su arma. Y marchó.
V. Prisa
Desde ese momento Queek notó algo nuevo dentro. Las guerras ya no iban a ser interminables. Se le acababan las oportunidades. Los enemigos iban a luchar como si supieran que no iba a haber mañana.
Por primera vez en su vida sentía prisa. No miedo. Ni tampoco duda. Prisa por encontrarse con una cabeza digna.

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