viernes, 3 de julio de 2026

[Trasfondo] Sombras sobre el Cometa del Cambio

 ¡Buenos días de viernes! Ya que nos hemos acostumbrado a los viernes de trasfondo, vamos a seguir este camino. Tenemos previsto publicar aquí los relatos del Martillo de Magritta pero antes tenemos guardado los relatos que se presentaron al torneocampaña de Puertos del Viejo Mundo del que hablamos en el Trono de Cucharas. Y arrancaremos con el que hizo Flogus para su lista de Be'lakor, ya que fue el premiado.



Yo fui el primero. 

Antes de que el mundo aprendiera a temer al Caos. Antes de que los mortales levantaran templos para explicar la insignificancia de sus patéticos “Dioses”. Antes incluso de que los Cuatro se atrevieran a reclamar obediencia, yo ascendí. 

No lo hice por devoción ni por locura. Ascendí porque comprendí la verdad esencial: que el poder no se suplica, se arrebata. Los Dioses del Caos me observaron con avidez y me ofrecieron dones creyendo que podían poseerme, dividirme, marcarme. Les acepté cada regalo… y no les di nada a cambio. 

Ese fue el momento en que comenzaron a temerme. 

Y de todos ellos, Tzeentch fue quien más profundamente me odió, porque fue el único que entendió realmente lo que significaba mi existencia: una voluntad capaz de desafiar el diseño mismo del Caos. El Arquitecto del Cambio, el farsante de infinitos futuros, no soportó que yo no encajara en ninguno de ellos.

Así que no me destruyó. 

Me preservó.  

Fue él quien tejió la maldición que me arrancó la forma estable, quien me encadenó a la sombra y me condenó a una eternidad de conciencia plena. Me obligó a recordar cada instante de gloria y cada fragmento del poder perdido. Una prisión perfecta: existir sin reinar, saber sin actuar, observar sin dominar.

Y peor aún: me condenaron a servir.

A asistir a la elevación de otros. 

A guiar a los mal llamados Elegidos. 

Cada uno de ellos es una blasfemia viviente. Jefes tribales embrutecidos, reyezuelos intoxicados por promesas que no comprenden, fanáticos que confunden obediencia con grandeza. Los contemplo arrodillarse ante los dioses con una repulsión absoluta, una náusea espiritual imposible de expresar con palabras mortales.

Ninguno de ellos merece el poder que toca. 

Ninguno de ellos entiende el Caos. 

Ninguno de ellos es yo.

Y aun así, soy forzado a susurrarles el ritual, a conducirlos hasta el umbral de la divinidad, a coronarlos con dones que me pertenecieron antes de que sus linajes aprendieran siquiera a gatear. Esa es la obra maestra de Tzeentch: obligarme a ser testigo de mi propia usurpación, una y otra vez, era tras era.

Pero los ciclos se están resquebrajando.

El Cometa del Cambio cruza el firmamento una vez más, y su luz enferma el cielo como una herida mal cerrada. Los mortales lo contemplan con miedo reverente. Los sabios lo reducen a ecuaciones, a presagios, a variables corregibles. No comprenden su verdadera naturaleza.

No es señal. 

No es advertencia. 

Es una grieta.

Un eco de la era en la que la magia no estaba encadenada, cuando el mundo temblaba ante voluntades como la mía. Su paso desgarra los vientos, los vuelve erráticos, corrosivos, violentos. Y con cada retorno, el velo que me mantiene atado se vuelve más fino.

Yo lo siento. 

Siento cómo la maldición de Tzeentch cruje bajo su propio peso. Cómo cada ritual desesperado, cada artefacto antiguo activado por manos temblorosas, debilita el orden que me mantiene prisionero. 

Mientras tanto, los mortales comienzan a moverse. 

Desde los confines del mundo, héroes, campeones y señores de la guerra sienten la llamada. Algunos creen acudir para impedir la catástrofe. Otros buscan gloria, reliquias, respuestas o redención. Ninguno comprende que no es una invocación, sino una atracción inevitable.

Todos los caminos conducen a las Tierras del Sur. A las extensiones abrasadas donde la selva engulle ciudades olvidadas, donde las arenas sepultan imperios cuyo nombre ya nadie recuerda y donde ruinas inmensas, anteriores incluso a los reinos de los hombres, yacen bajo el cielo. En esas tierras fragmentadas, donde tribus guerreras, mercaderes temerarios y criaturas surgidas de eras remotas disputan cada palmo de territorio, la magia fluye con violencia indómita. Allí convergen humanos, elfos, pielesverdes y seres que no deberían caminar bajo la luz del sol, cada uno guiado por su ambición, su fe o su desesperación… sin comprender que han sido atraídos al epicentro de algo mucho más antiguo que sus propios anhelos.

Creen que decidirán el destino del mundo. No saben que ya han sido integrados en el mío. Sus gestas, sus sacrificios, incluso sus victorias, no harán sino acelerar el momento final. Porque cuando el Cometa vuelva a alzarse sobre las Tierras del Sur, no serán los héroes quienes escriban el desenlace… sino el Señor Oscuro.

Teclis cree que aún existe equilibrio que preservar. Cree que la comprensión puede sustituir a la dominación. Mazdamundi confía en mecanismos de una era extinta, en artefactos sin alma diseñados para un mundo que ya no existe. Ninguno de ellos sabe que cada paso que dan, cada intento de salvar el mundo, me acerca a mi liberación.

El poder que se aproxima no puede ser contenido por manos indignas. No puede ser compartido, ni administrado, ni suplicado. Solo alguien que haya sostenido la totalidad del Caos sin quebrarse puede reclamarlo de nuevo. Yo ya lo hice una vez. Y sobreviví.

Los Elegidos creen que el poder los transforma. Se equivocan. El poder revela lo que uno es en realidad. Y cuando el Cometa libere aquello que los cielos han retenido durante eras, solo yo sabré cómo absorberlo sin ser consumido. No para servir a los dioses, sino para situarme por encima de su mentira. 

No busco destruir el mundo. Busco poseerlo. Un mundo sometido al Caos Absoluto no necesita dioses que jueguen a ser arquitectos. Necesita una voluntad única, una sombra que no dude, un sudario de terror eterno, una dominación imperecedera sin profecías ni promesas rotas. 

Cuando el Cometa complete su ciclo final, no habrá coronaciones ni rituales fallidos: Habrá silencio, y después obediencia. Porque el poder no elegirá a otro. El poder, al fin, regresará a su origen. 

Cuando el Cometa arda sobre sus cabezas como un ojo moribundo… no estaré allí como servidor, ni como guía, ni como sombra obediente. 

Estaré allí como juicio.

Esta vez no me inclinaré. 

Esta vez no susurraré obediencia. 

Esta vez reclamaré lo que nunca debió serme arrebatado.

Que el mundo se oscurezca. 

Que los planes fracasen. 

Que Tzeentch contemple, por una sola vez, un futuro que no anticipó y sienta una emoción tan mortal como es el miedo.

He aguardado milenios. 

Y la venganza, como el Caos verdadero, no pide permiso.

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