¡Buenos días de viernes! Como cada semana, que no nos falte el material, y el relato de trasfondo de hoy, aportado para el evento de Puertos del Viejo Mundo de inicios de año, corre de la cuenta de Alex, que aunque llevaba una hueste liderada por Kroqgar demuestra que los Hombres Lagarto tienen más recursos que la ferocidad.
Día 10 de la expedición
Anoche murió Rodrigo.
No fue por combates contra
indígenas ni por reclamar el oro prometido al zarpar de Estalia. Su vida
terminó en un espiral de vómitos de sangre ennegrecida, fiebres y delirios incoherentes.
La humedad de la selva hace
imposible prender fuego; hemos tenido que abandonar su cadáver entre la maleza
para no arriesgar la infección del resto. Su parte del botín, si alguna vez la
encontramos, será entregada a su madre al volver —si volvemos.
Día 13
Avanzamos sin rumbo aparente. La
selva es un laberinto vivo que nos cierra el paso y consume toda orientación:
de día no distinguimos claros de selva cerrada, de noche la cobertura de nubes
nos oculta las estrellas.
El capitán ha establecido un
campamento base junto a un lago que al menos nos provee agua potable. Desde
allí se enviarán destacamentos reducidos en distintas direcciones: nadie confía
en lo que se esconde entre esta vegetación insidiosa. Partirán al alba y han de
volver en dos días.
Día 17
Ninguno de los equipos de
avanzadilla ha regresado. Se les asume muertos o perdidos en la densidad de la
jungla.
Las provisiones occidentales se
han agotado. Hemos pescado del lago y salado lo que podemos, pero dependeremos
de bayas y de caza autóctona para seguir con vida.
Al atardecer recogeremos el
campamento. Intentaremos orientarnos por las estrellas cuando el cielo se abra
en algún claro, y así avanzar hacia el interior.
Día 20
Las pocas bayas que probamos
resultaron ser venenosas. Aprendemos a las malas.
Por fortuna, la jungla se despeja
en algunos tramos que nos permiten ver los astros y mantener una dirección
coherente. Al menos eso da una mínima esperanza.
Día 21
Encontramos los restos de uno de
los destacamentos. Cuatro cadáveres: todos muertos con las espadas en la mano.
Dardos en los cuellos, puntas envenenadas. A partir de ahora avanzamos siempre
con armadura completa, orden estricta del capitán.
Día 23
Sin contacto con indígenas, la
selva nos está matando. El calor se vuelve insoportable bajo las pesadas
armaduras.
Hoy colapsaron dos compañeros. De
cincuenta que desembarcamos, solo somos veinte. La moral se disuelve con cada
día que pasa. Ya no creemos que vayamos a sobrevivir.
Día 30
Hemos descubierto un pueblo
abandonado. Sin oro, solo vasijas de barro agrietadas, casas de adobe y restos
de animales. Las huellas sugieren habitantes humanos, aunque extrañamente
pequeños… o quizás eran mujeres.
Juan, condenado a venir por sus
crímenes en Estalia o enfrentar la horca, bromea que un pueblo entero de
mujeres sería mejor botín que todo el oro del mundo.
Es triste cómo se aferran a un
chiste incluso cuando la esperanza se desvanece.
Día 45
Las provisiones restantes están
infestadas de moho y gusanos. Todas las frutas y bayas han sido venenosas —una
lección que ya pagamos con vidas.
Solo quedamos siete. Sin comida ni
agua potable. Por las noches entonamos viejas canciones para sostener lo poco
de cordura que nos queda. Hemos dejado parte del equipo pesado en favor de
llevar una guitarra; nuestras armaduras ya no nos sirven de nada.
No nos matará ningún enemigo
visible, sino esta selva que nos absorbe, que nos recuerda en cada brizna de
aire que no deberíamos estar aquí.
Día 49
¡Oro! Tejados dorados bajo muros
de piedra blanca. Una ciudad… abandonada, pero con todo el tesoro que nos fue
prometido.
Escribo estas palabras mientras
avanzamos por sus calles y...
Diario del escriba Alvar de
Recueva, recuperado 139 años después de su expedición

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