viernes, 17 de julio de 2026

[Trasfondo] Diario del escriba Alvar de Recueva

 ¡Buenos días de viernes! Como cada semana, que no nos falte el material, y el relato de trasfondo de hoy, aportado para el evento de Puertos del Viejo Mundo de inicios de año, corre de la cuenta de Alex, que aunque llevaba una hueste liderada por Kroqgar demuestra que los Hombres Lagarto tienen más recursos que la ferocidad.




Día 10 de la expedición

Anoche murió Rodrigo.

No fue por combates contra indígenas ni por reclamar el oro prometido al zarpar de Estalia. Su vida terminó en un espiral de vómitos de sangre ennegrecida, fiebres y delirios incoherentes.

La humedad de la selva hace imposible prender fuego; hemos tenido que abandonar su cadáver entre la maleza para no arriesgar la infección del resto. Su parte del botín, si alguna vez la encontramos, será entregada a su madre al volver —si volvemos.

Día 13

Avanzamos sin rumbo aparente. La selva es un laberinto vivo que nos cierra el paso y consume toda orientación: de día no distinguimos claros de selva cerrada, de noche la cobertura de nubes nos oculta las estrellas.

El capitán ha establecido un campamento base junto a un lago que al menos nos provee agua potable. Desde allí se enviarán destacamentos reducidos en distintas direcciones: nadie confía en lo que se esconde entre esta vegetación insidiosa. Partirán al alba y han de volver en dos días.

Día 17

Ninguno de los equipos de avanzadilla ha regresado. Se les asume muertos o perdidos en la densidad de la jungla.

Las provisiones occidentales se han agotado. Hemos pescado del lago y salado lo que podemos, pero dependeremos de bayas y de caza autóctona para seguir con vida.

Al atardecer recogeremos el campamento. Intentaremos orientarnos por las estrellas cuando el cielo se abra en algún claro, y así avanzar hacia el interior.

Día 20

Las pocas bayas que probamos resultaron ser venenosas. Aprendemos a las malas.

Por fortuna, la jungla se despeja en algunos tramos que nos permiten ver los astros y mantener una dirección coherente. Al menos eso da una mínima esperanza.

Día 21

Encontramos los restos de uno de los destacamentos. Cuatro cadáveres: todos muertos con las espadas en la mano. Dardos en los cuellos, puntas envenenadas. A partir de ahora avanzamos siempre con armadura completa, orden estricta del capitán.

Día 23

Sin contacto con indígenas, la selva nos está matando. El calor se vuelve insoportable bajo las pesadas armaduras.

Hoy colapsaron dos compañeros. De cincuenta que desembarcamos, solo somos veinte. La moral se disuelve con cada día que pasa. Ya no creemos que vayamos a sobrevivir.

Día 30

Hemos descubierto un pueblo abandonado. Sin oro, solo vasijas de barro agrietadas, casas de adobe y restos de animales. Las huellas sugieren habitantes humanos, aunque extrañamente pequeños… o quizás eran mujeres.

Juan, condenado a venir por sus crímenes en Estalia o enfrentar la horca, bromea que un pueblo entero de mujeres sería mejor botín que todo el oro del mundo.

Es triste cómo se aferran a un chiste incluso cuando la esperanza se desvanece.

Día 45

Las provisiones restantes están infestadas de moho y gusanos. Todas las frutas y bayas han sido venenosas —una lección que ya pagamos con vidas.

Solo quedamos siete. Sin comida ni agua potable. Por las noches entonamos viejas canciones para sostener lo poco de cordura que nos queda. Hemos dejado parte del equipo pesado en favor de llevar una guitarra; nuestras armaduras ya no nos sirven de nada.

No nos matará ningún enemigo visible, sino esta selva que nos absorbe, que nos recuerda en cada brizna de aire que no deberíamos estar aquí.

Día 49

¡Oro! Tejados dorados bajo muros de piedra blanca. Una ciudad… abandonada, pero con todo el tesoro que nos fue prometido.

Escribo estas palabras mientras avanzamos por sus calles y...


Diario del escriba Alvar de Recueva, recuperado 139 años después de su expedición


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