viernes, 11 de septiembre de 2026

[Trasfondo] El portal estelar

 ¡Buenos días! Última entrega hoy de los trasfondos que los asistentes al evento de Puertos del Viejo Mundo presentaron, y cerraremos esta secuencia con los preparativos de Khalida Neferher para su venganza, para lo cual Leonidas le preparó un buen ejército.




La noche en Nehekhara imponía miedo. Las estrellas parecían temer moverse sin permiso en un cielo negro e inmóvil. En el corazón del desierto, una pirámide colosal emergía de la arena. El viento aullaba cuando chocaba contra el enorme granito, y unas enormes escaleras, escoltadas por una innumerable fila de columnas de obsidiana, se empequeñecían ante la figura que estaba a punto de subir por ellas.

Su cuerpo, reseco y muerto, cubierto por una armadura dorada grabada con las gestas de sus mejores batallas, avanzó subiendo las escaleras con paso firme. No le precedía ningún heraldo, ni comitiva alguna, pues el Rey de Reyes, Settra, El Imperecedero, no lo necesitaba.

Las estatuas parecían inclinarse a medida que se adentraba en la pirámide. Dos siluetas le esperaban en el fondo de la cámara principal, apenas iluminada por un susurro de luz. La primera de ellas, un sacerdote funerario, se dirigió hacia Settra.

— Mi señor, Rey de Reyes, su voluntad ha sido cumplida y hemos logrado el cometido que nos propuso su majestuosidad —le repuso el sacerdote.

— Magnifica noticia, estamos a un único paso de comenzar nuestra campaña en Lustria —dijo Settra —y tú, ¿quién eres? Habla y no hagas colmar mi paciencia —le rugió Settra al otro espectador que estaba al lado del sacerdote.

 — Oh gran Rey, el más grande de todos los Reyes, es el mayor de los honores estar en tu presencia. Soy un humilde siervo, dispuesto a servir a la voluntad de los dioses y del mayor conquistador de la tierra. Soy el Príncipe Zoser III, primogénito de Ra Zandekhar I, Rey de las arenas y forjador del sol —dijo el Príncipe, inclinándose haciendo una reverencia a Settra —he sido enviado en nombre de mi padre, para poder servirte en tu nueva guerra en tierras lejanas.

— Ah, Zandekhar, aquel que llaman el Rey Dios… presuntuoso y arrogante, a la par que diestro y fuerte en el arte de la guerra. Sin duda alguna, solo un necio negaría que es uno de mis mejores lugartenientes de mi reino —le inquirió Settra.

— He venido a comandar tu ejército, a traerte la victoria y ser tu estandarte en esta partida —dijo Zoser —Te suplico poder ser tu heraldo y portar la muerte en tu nombre.

— Te honra tu súplica, Zoser, hijo de aquel que llaman el Rey Dios. Y acepto de buen grado que luches en mi nombre en Lustria. Pero lamentablemente no comandarás mis tropas, ya que ya tengo un general que lo hará por mí —le replico en tono burlón y profundo.

A medida que Settra terminaba sus palabras, giró su cuerpo hacia una esquina de la sala iluminada tenuemente. Dos ojos rojos les observaban desde la oscuridad. Con un delicado balanceo y un sinuoso baile cual serpiente en el desierto, avanzó la Reina Khalida como una figura fina y elegante que flotaba sobre el suelo.

 — Mi querido Settra — declaró Khalida— solo hay una condición por la que voy a ir a Lustria, y conoces perfectamente cual es.

En ese momento, el sacerdote chascó sus huesudos y muertos dedos, y acto seguido dos Guardias del Sepulcro emergieron de la oscuridad, dos figuras imponentes que arrastraban un prisionero humano. Estaba demacrado, con rasgos afilados, ojos negros y pelo oscuro. Vestía ropaje de viajero, y en su cuello colgaba un amuleto carmesí con la figura de una rosa.

Le arrojaron al suelo, y el prisionero se apoyó de rodillas, y riendo, se dirigió a Settra.

— Sois una sombra del pasado, un rey marchito — le inquirió a Settra— y respecto a ti, sucia traidora, no sois más que polvo, mi señora te mató una vez y no dudara en hacerlo otra vez — dijo riéndose, dirigiéndose esta vez a la Gran Reina.

— Teméis su nombre, ¿verdad? ¿Lo teméis? Porque quien sino mi amada Neferata volverá a reinar en Lahmia — chilló el prisionero.

No terminó de pronunciar el nombre de Neferata cuando de un acrobático salto, con la rapidez de un rayo, Khalida se abalanzó sobre el viajero y de un golpe perfectamente ejecutado con su espada, separó la cabeza del cuerpo del prisionero de forma limpia. El Príncipe y el sacerdote parecían impresionados, pero Settra se mantuvo imperturbable. 

—Queda claro porqué eres temida en el mundo entero, mi querida Reina —sonrió Settra — Pero tenemos trabajo que hacer. Esta misma noche quiero a mi ejército desplegado en Lustria y en marcha hacia el Péndulo Orbital.

—¿Esta misma noche? —exclamó, sorprendido, el príncipe Zoser—. Tardaremos meses solo en llegar a Lustria.

—Mi joven príncipe, demuestras la misma inocencia que fuerza posees. Acompañadme y contemplaréis el poder ancestral de las estrellas.

Los cuatro avanzaron hacia unas escaleras ocultas al fondo del salón y descendieron durante largos minutos hasta las entrañas de la gran pirámide. Al alcanzar el último peldaño, la oscuridad los envolvió por completo.

Settra pronunció una única palabra.

Y se hizo la luz.

Ante ellos se alzaba un portal gigantesco, de proporciones colosales, cuya superficie parecía latir con energía contenida.

—El Portal de las Estrellas, antaño usado por los Ancestrales, se halla ante vosotros. — proclamó Settra— Ahora, hijos míos, atravesad el firmamento… y luchad en Lustria por vuestro rey.

A la derecha del portal se erguía una enorme piedra cubierta de símbolos tallados. Settra se acercó y comenzó a presionar una secuencia precisa. Uno a uno, los glifos se iluminaron a medida que se iban activando.

Cuando completó la secuencia, un enorme vórtice de energía se abrió en el centro del portal, inundando la sala con una luz cegadora.

Los ojos de Khalida ardían con intensidad, pues al otro lado del portal le aguardaba su destino.

Lustria.

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