¡Buenos días aventureros! Hace unos días tuvimos por aquí la primera parte de la cobertura del torneo de Sajazarra por parte de Jefe Orko, con el análisis de su lista de mercenarios. Pero siguiendo con este redoble de tambores, hoy os compartimos el trasfondo que la acompañaba, que de hecho se alzó ganador en esa categoría.
Calhas jadeaba intentando recuperar el resuello tras
su última y alocada carrera entre el fango y la maleza que se extendían en la
ciénaga de Sajazarra.
“Todos muertos. Están todos muertos”, se repetía
mentalmente mientras hacía un tremendo esfuerzo por llenar sus pulmones de
aire.
Tres semanas atrás, tras la defensa de la villa de
Navaridas, el destino había marcado el rumbo de Calhas hacia este inhóspito
páramo. Tras repeler al enemigo que asediaba a los habitantes de la villa, los
hombres de la compañía mercenaria del Crisol Dorado, se dispusieron a festejar
su victoria. El regimiento de Calhas, las Espadas Rojas, se enzarzaron en una
trifulca de taberna con los Hacheros de Ull. El Sargento Oren no se tomó a bien
que alguien mencionara el tremendo parecido de su madre con su vieja mula; y a
aquel cabrón de hachero del tamaño de un buey, tan poco le gustó que Oren
sugiriese que la cola tan enorme de parroquianos en el prostíbulo local se
debía a la presencia de su hermana. Lo que a priori sería lo habitual entre
veteranos viejos con unas copas de más, acabó con cuchilladas a doquier, seis
muertos y la posada ardiendo.
La monumental trifulca se zanjó con Las Espadas Rojas
encadenadas por la guardia acorazada del pagador, y sus cuellos pendientes de
la soga para disciplinar al resto de las tropas, por mandato de este.
Pero no acabaron colgados de los muros de Navaridas.
La hechicera del Crisol Dorado, la bruja Anaria, a cambio de salvar sus
pellejos de la horca del pagador, les encomendó la misión de buscar al ermitaño
de la ciénaga de Sajazarra y entregarle una piedra con la runa del trisquelión
grabada en ella.
La expedición de los mercenarios no comenzó bien.
Desde el mismo momento en que partieron, una hueste de hombres bestia, surgida
aparentemente de la nada, comenzó a hostigarlos sin descanso alguno. Viejo
Tejón, uno de los soldados más veteranos de las Espadas Rojas, decía que la
piedra estaba maldita, que los hijos del caos se veían atraídos por ella y que
más valía tirarla a un lado del camino. “Ojalá le hubiésemos hecho caso”, pensó
Calhas mientras los aullidos de las bestias se alzaban a su alrededor y él
seguía corriendo ahora entre agua fétida y cañizos.
Tras cinco días en aquel páramo infecto, sin rastro
del ermitaño, no quedaba ninguno de los mercenarios vivos salvo Calhas. Todos
víctimas de aquel horrible paraje. Las bestias del caos habían seguido a los
espadachines al interior del marjal, empujados por una insana fuerza que les
hacía seguir el poder del trisquel como un faro guía a los barcos en la noche.
Ahora, en su alocada huida, siendo acosado y
acorralado por la manda de bestias del caos, Calhas había perdido su espada y
una de sus botas. Tras caer varias veces al cieno, hizo un esfuerzo más por
levantarse ignorando el hedor a podredumbre de sus ropas.
Las bestias estaban cerca. Había visto su silueta y
oído su paso sigiloso entre la niebla. El desdichado soldado, confiaba que esa
misma niebla le ayudara a pasar desapercibido y no dieran con él.
Un tremendo ruido de succión hizo que Calhas entrara
en pánico.
- ¡No!¡No, por Mirmidia, no!¡Ayuda! - Había caído en
una zona de aguas movedizas. Si no actuaba con rapidez, pronto sería tragado
por la ciénaga. Buscó algo a lo que aferrarse, al mismo tiempo que trataba de
no moverse para hundirse lo menos posible. Pero en lugar de una gruesa rama o
una roca que le salvase el pellejo, ante él se alzaba un terrible bestia
humanoide de osco pelaje, recia testuz y gruesos y retorcidos colmillos. La vil
criatura le devolvió una parodia de sonrisa y con un roñoso y tosco hacha se
dispuso a partirle en dos allí mismo, mientras se hundía irremediablemente en
el fango.
Algo llamó la atención de Calhas y de la bestia. A
pocos metros de donde se hallaban, el fango comenzó a burbujear. Poco a poco,
una chorreante y deforme figura hecha de cieno, comenzó a tomar forma hasta
adquirir el tamaño de una figura de al menos 3 varas de altura. En su deforme
rostro, dos luces acuosas brillaban con un odio intenso. El enorme coloso de
barro fijó su atención en la bestia del hacha y en el instante de un parpadeo
la golpeó, dejando de ésta tan sólo un amasijo de carne sanguinolenta.
Tras la bestia apareció su amo, un pordiosero anciano
que cubría su cuerpo con un ajado manto negro y una maltrecha piel de lobo. El
anciano se dirigió donde Calhas se encontraba y con un ruido de huesos al
quebrarse, se acuclilló a sus pies.
- ¿Quién eres y qué haces aquí? – Dijo, mientras se
mesaba su larga y roñosa barba grisácea.
- ¿Eres el ermitaño de la ciénaga? Seguro que sí. Me
envía Anaria la hechicera. Me pidió que te entregara esto. - replicó Calhas al
tiempo que se extraía un objeto de sus inundados bolsillos.
-Oh vaya, un trisquelión. ¿De dónde lo has sacado?
-Me lo dió ella, ahora sácame de aquí. -Le increpó el
soldado con su timbre de voz al borde de la paranoia viendo como subían más y
más las apestosas aguas entorno a su pecho.
- Vaya, ya veo, ya. Y esa tal Anaria, ¿tiene más runas
como esta?
- Sí, “un cofre lleno”, sí, sí, sí, pero sácame de
aquí. Me estoy hundiendo en este maldito fango.
- ¿Dónde se encuentra tu hechicera?
-Te lo diré si me sacas de aquí, deprisa por favor.
Vamos, maldito viejo.
-No, me lo dirás si quieres salir de ahí. ¿Dónde se
encuentra la dueña de esta runa?
-¡¡¡En los páramos de Sajarraza!!! ¡¡¡¡Ahora sácame de
aquí!!!!
El ermitaño echó a andar hacia el mencionado lugar. Su
curiosidad se había despertado después de tantos años. Una de las runas de
poder del mundo antiguo había sido descubierta. Pletórico de satisfacción,
ignoró los gritos de desesperación que traía el viento, mientras Calhas era
engullido por la ciénaga de Sajazarra.
“Una lástima que un joven tan aguerrido y tan
maleducado, no hubiese querido salir de ahí…”

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