¡Buenos días! Hoy no es viernes, pero eso no nos va a privar de un ratito de trasfondo, y es que para ambientar el torneo-campaña narrativo de los compañeros de Puertos del Viejo Mundo, cierto escriba habitual ha trabajado en un trasfondo profano en el marco del Fin de los Tiempos...¿y si...?
Su propio brazo queda consumido en la disformidad tras
el último intento de domeñar los vientos de la magia y detener la destrucción;
el báculo de Lileath se le cae al suelo y se hace añicos; después, solo queda
el Caos. Sus ojos no verían la consumación del Rhana Dandra, el final de
todas las cosas, pero este es ya irreversible cuando se le vaporizan de sus
cuencas.
Con estremecimiento, Teclis enterró de nuevo aquellas
memorias de terror absoluto:
—Nunca perdí la fe en que podríamos hacer frente a la
Gran Bestia —dijo en voz alta para conjurar sus demonios—. Decidí mantener la
fe en el Cometa de Dos Colas. Qué iluso fui.
El señor de la Ciudad del Sol se mantuvo inmóvil,
ponderando mediante su álgebra la verosimilitud de las revelaciones de Lileath
que Teclis acababa de compartir en su mente. El tiempo pareció ralentizarse. El
elfo miró al maestro de la espada Selandir y a la archimaga Yvannia y les instó
a hacer acopio de paciencia. Los tiempos de los slann nada tenían que ver con
los del resto de las razas mortales. La estancia permaneció en quietud a
excepción del batir de abanicos y el derramar de las ánforas de agua de los
eslizones sobre la piel del venerable. Los saurios de la guardia del templo
esperaban, pétreos como estatuas, la ocasión de dar la vida por él. La
atmósfera tórrida de la zona ecuatorial de Lustria se abatía sobre los tres
visitantes, cuyos ropajes estaban empapados de sudor. En el exterior se oyó el
aterrizaje de bestias aladas, seguramente terradones de los nidales del nivel
superior del zigurat. Más lejano, en el corazón de la jungla, atronó el rugido
de un fiero reptil.
«Todas las iteraciones y ramificaciones de la Gran
Matemática conducen a la misma conclusión. ―La conciencia del cacique
Mazdamundi de Hexoatl inundó la mente de Teclis y se comunicó no con palabras,
sino en el idioma universal del pensamiento. Sus labios no se separaron un
ápice, ni tampoco movió ninguna otra parte del cuerpo, en reposo total sobre un
trono que levitaba a unos palmos de la superficie de un estanque. Por tanto,
sus compañeros Selandir e Yvannia no tenían manera de conocer las funestas intenciones
que el mago-sacerdote estaba a punto de revelarle telepáticamente—. El Gran
Plan ha fracasado. Solo cabe dar inicio el Éxodo».
El señor del
conocimiento de la Torre Blanca de Hoeth quedose sin aliento tras el contacto
con tan poderoso intelecto, uno que había conocido los albores de la creación y
que incluso había contribuido a izar sus montañas y llenar de agua sus océanos.
Tuvo un atisbo, tal vez por cortesía del slann, de las centenares de fórmulas
matemáticas y algoritmos que este había calculado en segundos para sustentar su
veredicto. No había anomalía en ellos. Pero sus conclusiones implicaban lo
contrario de lo que había acudido a buscar a Lustria: la deserción total de los
hijos de los Ancestrales. Si esto sucediera, sería imposible detener el Fin de
los Tiempos. En su mente, protestó:
«No podéis abandonar este mundo a su suerte.
¿Entregaríais la obra de los Ancestrales al Caos?»
«La suerte echada está. La del Éxodo es la única
fórmula del Gran Plan que queda sin truncar. Cuando la Lengua de Sotek
reaparezca en el éter, los hijos de los Ancestrales no seguiremos aquí».
Teclis se aclaró la garganta y trató de jugar su
última baza. Contestó, esta vez a viva voz y con tono enigmático:
—El Cometa de Colas Gemelas, la Lengua Bífida de
Sotek, no tiene por qué regresar a Mallus.
Los ojos de Mazdamundi se entornaron, todo su
intelecto volcado en descifrar el acertijo:
—La variable «Lengua de Sotek» no altera el resultado
del álgebra matricial del Gran Plan―
respondió, de palabra también. Teclis pudo entenderlo con sus nada
despreciables conocimientos del lenguaje saurio.
―La variable «Lengua de Sotek» no —admitió—. Pero la
variable «Tzeentch» sí.
Hasta entonces, el único movimiento del slann durante
el intercambio había sido el de sus labios y sus párpados. Sin embargo, el
nombre de aquel atávico adversario causó que todo su cuerpo se revolviera en su
trono flotante, visiblemente incómodo. Selandir e Yvannia, que volvían a ser
partícipes de la conversación ahora que esta tenía lugar fuera de las mentes de
aquellos prodigiosos hechiceros, se miraron con gran desazón. En particular el
maestro de la espada.
—Explicaos —exigió el cacique Mazdamundi.
―Recientemente, di con las teorías de un astromante
humano del Colegio Celestial, un tal H. Mensch, que expone que el Cometa de Dos
Colas, como los demás fenómenos astrológicos, no puede ser algo reactivo a un
evento terrenal sino, acaso, ser su misma causa. En otras palabras: su tránsito
por los cielos de Mallus no advierte sobre la inminencia de una tormenta del
Caos, sino que la desencadena. Si elfos, hombres, enanos e hijos de los
Ancestrales lo interpretamos de otro modo, incluso como portador de esperanza
ante las tinieblas, es porque se nos ha engañado desde la guerra de la Gran
Catástrofe para que pensemos tal cosa.
Mazdamundi cerró los ojos para replegar todo su
intelecto con objeto de verificar aquellas informaciones. Al cabo de un rato,
contestó:
―La única solución válida para esta incógnita es que
el cometa no forme parte del Gran Plan. De ser así compartiría naturaleza con
la luna oscura, pero en una magnitud muy superior.
Teclis asintió:
—Concuerda con la teoría de Mensch. Si el cometa está
compuesto por piedra de disformidad en estado puro, su proximidad originaría
las fluctuaciones de los vientos de la magia que avivan las tormentas del Caos.
—Hay más —anunció Mazdamundi, elevando sus ojos hacia
el techo abovedado mientras continuaba con sus cálculos—. La órbita del cometa
se ha ido acortando con el devenir de los siglos. Cada vez tarda menos tiempo
en regresar y pasa a menor distancia del planeta. Estimo que en siete ciclos
podría llegar a colisionar, con una energía que sería entre 0,68 y 0,72 veces
la desatada por la implosión de los portales de los polos en la Gran
Catástrofe.
—El mundo, próspero y fortificado entonces, estuvo al
borde de la ruina. ¿Podrá, en sus condiciones actuales, dividido y roído en sus
cimientos, sobrevivir a una segunda Gran Catástrofe?
—Basta la ecuación más sencilla para responder esa
pregunta: no. Aunque en ocasiones, son los resultados de esta clase de
operaciones los que, en su simplicidad, permanecen ocultos a nuestros ojos…
Ahora puedo verlo con claridad. Por mucho que me cueste admitirlo, las
tablillas sagradas de la ciudad templo de Chaqua, que pronosticaban el
advenimiento de Sotek mediante la aparición celestial de su Lengua Bífida,
fueron adulteradas por uno de los dos adversarios que la arrasaron en aquel
tiempo aciago: el Señor de la Transformación Kairos Tejedestinos. Son
fraudulentas. La marca de Tzeentch, su amo, ¿no es acaso un orbe con dos colas
llameantes?
Teclis se sobresaltó con las conclusiones de su
interlocutor:
—Creo que estáis en lo cierto. Ahora lo veo tan
evidente que resulta inexplicable nuestra ceguera. ¿Cómo han podido perdurar
milenios enteros esa mentira y aquellas que han embaucado a elfos, enanos y
hombres sobre el Dragón de Colas Gemelas?
—Esta nueva variable causa una sucesión de cambios
concatenados en el algoritmo del Gran Plan. Si la teoría que exponemos fuese
cierta, la nulificación del factor de la Lengua de Sotek…
—Prevendría el Fin de los Tiempos. Al menos tal y como
está profetizado. Mallus podría salvarse. Por eso hemos venido en busca de
vuestro consejo, venerable. Antaño los Ancestrales lograron enderezar la órbita
del planeta. Bastaría un ápice de ese poder para desligar el vuelo del Cometa
del Cambio de nuestro hogar. Ignoro si sería posible emular tales hazañas en su
ausencia.
—Puede hacerse. Hay una instalación. Atlaxi-Zol: el
Péndulo Orbital. Cerca de la gran cordillera de las Tierras del Sur, a la
altura de la ciudad templo de Tlaqua. Una instalación olvidada formada por un
racimo de geosinapsis donde hace diecisiete milenios mi maestro, el venerable
cacique Kroak, asistió al mismísimo Ancestral Tepok para reposicionar este
mundo dentro del sistema planetario. —Mazdamundi volvió a evadirse en su
aritmética, pero esta vez compartió los resultados a medida que iba calculándolos—.
Estimo que un cambio brusco de al menos doce grados y medio en el eje
planetario de rotación tiene entre el 97,5 y el 98% de posibilidades de
catapultar el Cometa del Cambio al Vacío-que-hay-más-allá. La probabilidad de
regreso de allí tiende al 0,00%. Nutriéndome de la energía almacenada en la red
geomántica, yo podría…
El maestro de la espada Selandir desenvainó y se
abalanzó con celeridad sobre el slann. Llegó a él pasando por encima de la
barrera de guardias del templo en un prodigioso brinco que pilló a todo el
mundo desprevenido. El metal silbó al cortar el aire en busca de la garganta de
su víctima pero, tras un fogonazo, un caparazón de luz lo detuvo e impidió el
derramamiento de sangre. La propia hoja comenzó a arder de manera antinatural,
tratando de penetrar aquella defensa mágica para degollar a su víctima. No era
un arma común. La guardia del templo se volteó al instante para auxiliar a su
señor, pero fueron demasiado lentos. Más ágiles, los eslizones saltaron sobre
el agresor sin temor alguno a perder la vida en el proceso. Y así fue: bastó un
gesto de la mano libre del elfo para calcinarlos a todos en llamas añiles.
—¡La hoja está envuelta en fuego infernal! —avisó
Teclis, estupefacto por la traición, mientras concentraba toda su voluntad en
succionar las energías mágicas que vibraban en su filo.
Más pragmática, Yvannia conjuró la ira de Khaine, pero
Selandir extinguió sus llamas antes del impacto. Llegaron los primeros saurios
blandiendo sus alabardas amenazadoramente. Pero, para sorpresa de todos, de las
cenizas humeantes de los eslizones nacieron unas criaturas inenarrables,
amasijos azules y rosas con un número variable de brazos, bocas y tentáculos, y
los embistieron. El escudo de los Ancestrales que envolvía a Mazdamundi
parpadeaba al borde del colapso. El slann, no obstante, era el único que permanecía
sereno en mitad del maremágnum.
Un chasquido cristalino señaló el momento en el que la
espada flamígera venció la última resistencia y se incrustó en el cuello de su
víctima, desatando dos perturbadores erupciones de sangre oscura, tanto hacia
la bóveda del techo como hacia el estanque, cuyas aguas se enturbiaron en el
acto. Yvannia desistió de lanzar su siguiente hechizo ante el riesgo de herir
al slann. La guardia del templo había aniquilado a la mayor parte de sus
enemigos demoníacos, pero hallábase aun lejos de Selandir. Este, por su parte,
se giró hacia Teclis y lo pulverizó con una mirada de odio:
—¡Condenado elfo! —insultó, al percatarse de que su
sello de Vaul había anulado las maldiciones del arma justo antes de que esta
hiriera a Mazdamundi. En un instante se deformaron sus facciones y quedaron
ensombrecidas por una oscuridad: la del rostro del Cambiante, el demonio
embustero de Tzeentch―. ¡Todos tus caminos conducen a un mismo sitio: al
vientre de Slaanesh!
—Y los tuyos, xlanax, a un viaje sin retorno a
tu reino —sentenció el señor de Hexoatl con autoridad, sin dar importancia al
flujo negruzco que manaba de su garganta. Abriendo sus manos practicó un
exorcismo perfecto que desterró en el acto a su agresor y a todos sus acólitos.
Simultáneamente, usó la misma luz para devolver toda su sangre al interior de
la herida y restañarla. El estanque recuperó su transparencia. La elegancia con
la que el slann manipuló el viento de Hysh dejó boquiabierta a Yvannia e incluso
al propio Teclis.
Con una imperturbabilidad inconcebible en alguien que
acaba de ser degollado, Mazdamundi ordenó:
—No hay tiempo que perder: el Caos ya se ha puesto en movimiento. Y pronto, otras facciones lo harán. Ensilladme a Slaq y convocad a Kroq-Gar. Hemos de ser los primeros en llegar a Atlaxi-Zol. Al Péndulo Orbital.

¡Gracias por la difusión! Con ganas del evento y de que la gente participe de este proyecto.
ResponderEliminarMe ha flipado tanto el concepto como la narración. Ahora quiero leer más!
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