viernes, 24 de julio de 2026

[Trasfondo] El espectáculo de los dioses

 ¡Buenos días! Hoy toca un poco de brutalidad en este nuevo viernes de trasfondo, para lo cual Binder nos trae un relato en el que Grimgor Piel'ierro comparte protagonismo con un rival a su altura, y es que en el evento de Puertos del Viejo Mundo no había rival pequeño.




La noche parecía contener la respiración bajo la luz del cielo herido por el cometa de dos colas.

Un fulgor verdoso caía como una enfermedad sobre la tierra y sobre las huestes de los dos ejércitos que marchaban hacia un mismo destino. Allí donde bañaba la claridad, se presagiaban los restos de los cadáveres de la contienda que estaba por librar y un hedor de violencia se respiraba en el ambiente. 

En lo alto de una colina cubierta de barro y huesos, Grimgor escudriñaba las sombras del campo de batalla afilando la hoja de Gitsnik. A su alrededor se alzaba ansiosa su horda esperando cualquier gesto de su líder para lanzarse al combate. 

Grimgor sonrió.

- Hoy va a zer un buen día.

Junto a él se mantenía expectante su guardia personal: enormes orcos negros cubiertos de grandes placas y cicatrices que, como su líder, se preparaban para la contienda.

En un flanco, los jabalís resoplaban impacientes mientras rasgaban la tierra con sus colmillos regados en sangre de mil batallas. Sus jinetes, golpeando los escudos, gruñían rabiosos esperando solo una señal para lanzarse cual avalancha al combate.

Y tras Grimgor se alzaba Docker, una mole grotesca de piedra, que con su grave rugido anunciaba la atroz sangría que se avecinaba.

Abajo, el ejército del Caos avanzaba como una marea de hierro oscuro mientras despuntaba el alba. Guerreros acorazados hasta los dientes, estandartes cubiertos de runas blasfemas, monstruos encadenados y criaturas que no deberían existir. En su centro marchaba una figura más grande que cualquier humano, envuelta en una armadura dentada y coronada por un yelmo con cuernos como cuchillas.

Vardek Crom no gritaba ni alzaba el arma. Caminaba en silencio, con la certeza fría de quien nunca había conocido la derrota. Era el brazo de la voluntad del Caos. El ejecutor del destino.

Mientras el enemigo avanzaba, saltando y murmurando entre dientes, el chamán Kundez agitaba los huesos y cráneos de su bastón. 

- El brillo verde ez fuerte, jefe - susurró con los ojos en blanco a Grimgor -. ¡Morko y Gorko están mirando! ¡Van a kerer un buen ezpectáculo!

Grimgor escupió.

- Puez que miren bien.

Cuando la luz del amanecer se fundió con la estela del cometa los ejércitos chocaron, el ruido de hierro contra hierro y el sonido de los crujidos de huesos despidió a la noche y el espectáculo que Grimgor buscaba comenzó.

Muy pronto, entre rugidos y golpes, los dos líderes trazaron sus miradas.

Crom avanzó sin prisa, apartando pielesverdes con golpes calculados, eficientes, inevitables. Cada movimiento suyo era perfecto, como si la guerra fuera una ecuación que ya había resuelto.

Grimgor, en cambio, se abría camino a golpe y hierro. Cada hachazo era brutal, salvaje, definitivo. No calculaba. No necesitaba hacerlo.

Se encontraron en el centro del caos.

Durante un instante, el ruido pareció apagarse.

Crom habló primero con su grave y metálica voz: 

- Eres fuerte. Pero el destino ya está decidido.

Grimgor inclinó la cabeza, confundido. 

- ¿Deztino?

Alzó a Gitsnik.

- Yo dezido.

El primer choque hizo vibrar el aire. El hacha de Grimgor golpeó el escudo de Crom con tal fuerza que el campeón del Caos retrocedió medio paso. Solo medio.

Crom contraatacó con su espada buscando grietas o puntos débiles o, quizás, precisión para doblegar al orco aunque sin éxito. 

Grimgor con cada golpe rompía el ritmo perfecto de Crom. Cada embestida ignoraba cualquier lógica del combate. No luchaba para ganar ventaja, ni para cumplir profecías, ni para servir a dioses. Luchaba porque era lo que hacía. Porque era su esencia.

El combate continuó sin tregua y era imposible encontrar un resquicio de pausa entre los dos titanes. Crom atacaba con toda su fuerza. Grimgor respondía con rugidos y más violencia. Estaba claro para cualquiera que pudiera verlo:

No era una batalla entre el destino y la fuerza. Era una batalla entre la inevitabilidad… y la pura y salvaje voluntad de seguir peleando. Era evidente que solo uno vería aquel nuevo día. 

 

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